Paco Mora. YBBSSTRASSE, 40

Ybbsstrasse, 40

 

Querida Elizabeth, sé que es esta una carta imposible, porque no hay modo de expresar tanta infamia, tanto dolor: ante un bocado de realidad tan brutal las palabras son herramientas melladas, inservibles para dar cuenta de los meandros del corazón humano, de las simas del alma por las que se despeña nuestra conciencia. Si Kafka, o Stephen King, nos hubieran contado la historia de tu cautiverio durante 24 años en el búnquer de Ybbsstrasse (sin que nadie vea ni oiga nada en todo ese tiempo), no les creeríamos, porque su trama arrastra tal grado de inverosimilitud que no hay literatura que pueda sostenerla sin que salten por los aires los cimientos del género. Y sin embargo es cierta. Y en esa paradoja se nos va la vida entera. Porque ese tal Josef Fritzl que se pretende tu padre, al que ya motejan (por despojarlo de su condición humana para que no nos salpique) como El Monstruo de Amstetten, es real y en apariencia llevaba una vida tan normal como la de cualquier hijo de vecino. Y cómo tragar con eso, Elizabeth, cómo admitir que ése que se afeita al otro lado del espejo de nuestro baño cada mañana (tan trabajador y honesto y respetable) puede albergar dentro sí al Mal absoluto. Dicen que después de 24 años de violaciones y torturas inenarrables, los daños psicológicos son poco menos que incurables, como lo demuestra tu rostro, carente por completo de expresión. ¿Pero cómo devolverte el alma, Elizabeth, para darte un rostro y un corazón nuevo? ¿Dónde hallaremos la respuesta, y el perdón, para algo así?

 

El Día de Cuenca
07 de mayo de 2008.