Paco Mora. JIMMY

Jimmy

 

Era larguirucho y desgarbado. Tenía trazas desmañadas y, a veces, unos dejes de pavisoso de sainete. Y sin embargo, su presencia traspasaba las pantallas, porque tras esa nobleza de carácter y esa apariencia bonachona, tras ese tipo al que el propio cuerpo parecía venirle siempre una talla grande, se ocultaba una zona de sombra, un lado oscuro en el que cabía toda la ambigüedad del mundo. Yo le envidié de chaval aquella pata chula (quiero decir, de escayola) que lo mantenía postrado a la bartola en un sillón, mientras por la ventana indiscreta de su cuarto pasaba la vida y la intriga y el misterio; y ya no porque fuese capaz de resolver un crimen sin moverse de una baldosa, sino porque tenía de novia a Grace Kelly, que lo quería a rabiar a pesar de ser un borde que la trataba con desdén. Y le envidié sin medida aquel maldito vértigo que le servía de excusa para abrazarse sin rebozo a Kim Novak, cuyo cuerpo de vértigo derretía el vacío, la atracción por el abismo y el mal de altura juntos. Y le envidié incluso sus más almibaradas interpretaciones para Frank Capra: como íntegro caballero sin espada, lanzaba mandobles al viento pregonando lo bello que es, a pesar de todo, vivir. Le llamaban Jimmy, pero como el lector ya sabrá hablo de James Stewart. Hoy, mientras escribo esto, cumpliría cien años; cien años y un día para ti, cuando lo leas. Hay tanta verdad (cinematográfica y de la otra) en sus películas que no he querido perder la ocasión de traértelo a esta columna.

 

El Día de Cuenca
21 de mayo de 2008.