Paco Mora. MEJILLONES PARA MERENDAR

Mejillones para merendar

 

A Paquito le gustaban los geranios, las macetas pintadas de colores vivos que rodeaban aquel patio muy cuidado, reventonas de flores blancas y rojas: al caer la noche traían hasta las ventanas un aroma dulzón de hierba verde y tierra mojada. Y a Paquito le gustaba mucho el burro del señor Andrés, blanco y despeluchado, de mirada bovina y andares temblones, porque se dejaba estirar del rabo sin apenas rebuznar una queja. El señor Andrés dejaba hacer a Paquito -cosas de críos, decía- porque para el señor Andrés, Paquito era como el nieto que él nunca tendría. La vida es así de cabrona -se lamentaba- a veces te da la miel pero te quita el paladar. Oscar Luis, el amigo rico y ocasional de Paquito, no quería saber nada de burros ni geranios; lo suyo era la mesa camilla con faldones de cretona, o sea, los juegos de sobremesa (y de bajomesa) y los bocadillos que sus tías le preparaban con los mejillones que desde las Rías Bajas les enviaba un pariente, pudiente conservero de El Grove. En la imponente casona de las tías de Oscar Luis, Paquito no acababa de encajar ni de sentirse a gusto, por demasiado grande y brujesca y quizá porque a él no le daban de merendar nunca mejillones (un lujo fuera de su alcance, impropio de su condición) sino sardinas en aceite, carne de membrillo o sopanvino. Paquito, en su inocencia, pensaba que el color de los mofletes de Oscar Luis, en exceso sonrosados, se debía a los mejillones y las tías, espantadas, decían qué ocurrencia, qué sabrás tú, criatura, para lo que son buenos buenísimos los mejillones es para el riego y para la vista. Pero a Paquito no le cuadraban las cuentas porque Oscar Luis era un cuatrojos cegatón (sus gafas con montura de pasta hacían furor) y sin embargo cada tarde se zampaba de una sentada una lata entera de mejillones en escabeche. El verano que Oscar Luis tenía prometido a Paquito compartir con él sus bocadillos, porque ya estaba hinchado de tanto molusco, no vino a pasar las vacaciones a la casona de sus tías. Jamás regresaría. Ni a despedirse ni a cumplir, siquiera por una vez, su palabra. De inmediato cesaron los envíos del pariente conservero.
¿Por qué recuerdo ahora todo aquello? ¿Y a quién puede importarle? Quizá la noche me ha sorprendido con las defensas bajas. Del patio con geranios hoy no queda más que polvo, yerbajos y un montoncito de escombro.

 

El Día de Cuenca
09 de junio de 2004.