Paco Mora. LA SILLA

La silla

 

Han montado cerca de Milán un recinto ferial en el que la atracción estrella es una silla eléctrica. Por un euro usted puede asistir en vivo y en directo, con un grado de realismo espeluznante, a la electrocución de un muñeco. Además de freír al susodicho, la función se acompaña de los desgarradores gritos del reo en su atroz agonía, los humos lógicos de la fritanga y no sé si acaso de ese olor tan agradable de la carne achicharrada. La silla, claro está, no es de mentirijillas; el avispado feriante la compró para su barraca en los Estados Unidos, avanzadilla mundial, como sabemos, en la invención, fabricación y puesta en práctica de los más variopintos artilugios para dar matarile a un ser humano; con todas las garantías legales, por supuesto. Lo de hacer de la muerte, del dolor, de la necesidad, de la escatología un espectáculo no es nuevo. Ya se han visto, televisados, tiros en la nuca reales, ejecuciones, o el proceso de descomposición, seguido segundo a segundo, de un muerto al que le colocaron una webcam en el ataúd. Pero lo preocupante del caso de la silla eléctrica, amén de su arrollador éxito, es que progenitores y retoños (está autorizado para todos los públicos) se descojonan con la electrocución, y los padres encantados de que sus hijos aprendan “lo que es la vida”. En fin. Escribía días atrás el novelista David Torres que nos estamos ganando a pulso una Edad Media. Pues sí, si es que antes no caemos de cabeza, y sin transición ninguna, en el Pleistoceno.

 

El Día de Cuenca
13 de agosto de 2008.