Paco Mora. AGOSTO, UNA TARDE CUALQUIERA

Agosto, una tarde cualquiera

 

A veces en Cuenca, desde un lugar que no voy a desvelarte, se oye el mar. Es un rumor apenas, un lejano batir de olas que llena de espuma y del denso aroma de la sal una esquina de la tarde. Es éste un mar calmo y profundo de un azul translúcido, casi de acuarela. Tal vez lo traiga, a ráfagas, la muchacha que camina por el lado de sombra de la acera, canalillo en ristre, falda minutísima, tan pagada de sí que se diría que no pisa las baldosas moteadas de chicle, sino que anda sobre las aguas con el desparpajo de una beldad de cómic erótico. O tal vez ese mar malmareado se oculte en la mirada del hombre que aguarda sentado en un escaño de piedra; si no anciano, es ya un hombre descaecido, macilento de ojos, deshojado. Apoya su fatiga en un bastón que hace tamborilear en el suelo con más quebranto que gracia. Pero quizá son impresiones erróneas, desenfocadas, de un columnista enfermo de literatura que confunde molinos con gigantes, océanos de estampa con regatos de tinta –disculpen el alejandrino y la imagen almibarada- y el sonsonete de esta tarde de agosto no sea más que la cadencia monocorde de otras tantas tardes de agosto, idas o por venir: los niños que juegan a la pelota con un padre que echa la gota gorda tras cada carrera, los ancianos que conversan sin prisa en un banco, la cuadrilla de chavales que lían un porro entre los setos… Y por supuesto, don Andrés, que ya sueña con un José Tomás de purísima y oro saliendo por la puerta grande en la Feria que se avecina.

 

El Día de Cuenca
20 de agosto de 2008.