Paco Mora. HUMOR

Humor

 

De cuando en cuando, en ciertos círculos propensos al estreñimiento y a la crítica tontorra y mendaz, se levantan voces diciendo que no se puede hacer humor de las tragedias humanas. De las grandes tragedias, se entiende, porque con las pequeñas, con las de andar por casa, podemos despacharnos a modo. Por ejemplo, un conocido, adicto al regüeldo y al chiste verde y de baja estofa, me comentaba el otro día que lo que hizo el cómico Roberto Benigni en "La vida es bella" con el Holocausto es poco menos que una herejía; sin embargo, no tuvo empacho alguno en salpimentar con toneladas de sal gruesa sus comentarios sobre el caso de ese pobre diablo que se suicidó después de hacer el amor con una gallina, un suceso que no hace mucho mereció en los periódicos algunos de esos sueltos insólitos que parecen traídos, precisamente, de una mala comedia americana. El lector memorioso recordará, por cierto, que esta pequeña tragedia doméstica tiene su misterioso correlato en la de aquel hombre incauto que murió por aplastamiento al derrumbarse el muro en el que se apoyaba mientras hacía lo propio con otra gallina. Es lo que tiene la ley de equivalencia, por años que pasen termina siempre cerrando sus círculos. En fin. Lo que quería decir es que yo creo, independientemente de la opinión que nos merezca el cine de Benigni, los sueltos de periódico o la extraña promiscuidad de las mariposas del altiplano, que no hay asunto en esta tierra que no sea susceptible de ser tratado con humor. Ninguno. Películas como "El gran dictador" o "Ser o no ser" han hecho más por la causa antifascista que todas las soflamas del siglo XX juntas; Billy Wilder en América y Berlanga en España han retratado en sus comedias la condición humana y esta sociedad desflecada que sufrimos, a pesar del componente trágico que tras buena parte de ellas late, mucho mejor que bibliotecas enteras atestadas de sesudos tratados de psicología, sociología, etcétera. Obviando que el humor es salud y que sin él un hombre no puede ser inteligente, se convendrá conmigo que sin humor no hay poesía y sin poesía difícilmente podemos escudriñar el alma de las cosas, su verdad última. Dicen los científicos que la gente sin sentido del humor sufre una falla en el lóbulo frontal derecho del cerebro, y debe ser cierto porque, por ejemplo, dedicarse a la cosa pública teniendo cara de palo -sin ser Buster Keaton- es a todas luces una temeridad. Que se lo cuenten al Sr. Aznar, o al Sr. Bush dentro de unos meses, loado sea Dios. Lo digo también, y muy a mi pesar, por los prebostes de la política local, que últimamente parecen andar dándose coscorrones en el susodicho lóbulo con el mismísimo Woody Allen. Ea.

 

El Día de Cuenca
16 de junio de 2004.