Paco Mora. FEBE O LAS MANECILLAS DEL RELOJ

Febe o las manecillas del reloj

 

Resulta curiosa la relación que se establece entre las palabras y las cosas que nombran. Decimos silla, por ejemplo, y es imposible evocar nada que no sea una silla. Y no por convención, ni por repetición, ni porque al lumbreras que inventó aquel objeto que servía para asentar las posaderas se le ocurriese graciosamente ese nombre. No. A poco que reparemos en ello convendremos que en la palabra silla se encuentra, completa, la esencia de lo que es una silla. Otro tanto pasa con los nombres propios. Decimos Recaredo en abstracto y, desde nuestra sensibilidad actual, nos parece un nombre imposible para llamar a alguien; pero conocemos a un Recaredo y en seguida nos damos cuenta de que no podría tener otro nombre, que nuestro conocido es Recaredo por los cuatro costados, tiene ojos de Recaredo, temperamento de Recaredo y voz de Recaredo, e intuimos que cualquier otro nombre, en él, sonaría a falsificación de Recaredo.
Algo parecido ocurre con Saturno, el planeta de moda porque nuestras naves espaciales han llegado a sus inmediaciones y nos han enviado ya las primeras fotografías de uno de sus satélites, un tal Febe que tiene apariencia de esponja cenicienta y revenida y que gira en sentido contrario al de las otras muchas lunas del planeta. Parece ser que una de las misiones más importantes de este viaje es, precisamente, intentar averiguar por qué este Febe díscolo lleva el paso cambiado, o sea, responder -a la inversa- a la vieja pregunta de por qué las agujas de los relojes giran en el sentido de las agujas de los relojes. Y bien, uno, que tiende a literaturizarlo todo, piensa que quien le puso Saturno por nombre al planeta Saturno su camino llevaba. Como el lector sabe, el dios Saturno no solo destronó a Urano, su padre, sino que lo mutiló para impedirle que tuviera más descendencia y así ser él su único heredero legítimo. Cuando tuvo hijos Saturno, previendo que éstos pudieran tener sus mismas inclinaciones torticeras, fue devorándolos uno a uno para impedir que se sublevaran contra él. Pero uno de sus hijos, Júpiter, le saldría respondón y acabaría echándolo del cielo.
La lectura es obvia: o Febe es el hijo rebelde que terminará haciéndole la cama a Saturno, o es la primera víctima de éste y lo que deparará el futuro es un chorreo de satélites finados girando del revés.
Para tan pobre viaje no hacían falta alforjas, quiero decir la indecente cantidad de dinero que nos cuesta la broma. Estaría bien saber qué piensan en África, por ejemplo, de estos jueguecitos interestelares, con lo que les cae -o mejor, con lo que no les cae- a diario a esas pobres gentes. Pero esta es otra historia.

 

El Día de Cuenca
23 de junio de 2004.