Paco Mora. LA PARTIDA

La partida

 

Mira que lo hemos visto veces, pero uno no logra acostumbrarse a algo así. Un hombre yace en el suelo, entre un charco de sangre. Alguien intenta reanimarlo. Es inútil. Con mirar la fotografía del periódico nos damos cuenta de que ese cuerpo inerte, que aún respira con dificultad, ha muerto mucho antes de que alguien certifique, horas después, el fallecimiento. El método ha sido el habitual. Un hombre podrido por el odio y la sinrazón se acerca a otro hombre y le descerraja dos tiros a bocajarro. Luego, el asesino, vuelve sobre sus pasos. Nadie ve nada. Nadie sabe. Una nueva página de la historia universal de la infamia se ha escrito, firmada y rubricada. La víctima ha caído a las puertas del local donde acudía a echar la partida con su cuadrilla. Jugaban al tute. De a euro. Uno imagina que tras la carnicería, los compañeros del asesinado habrán suspendido la partida de hoy. Nada de eso. La siguiente fotografía del periódico nos los muestra sentados a la mesa de juego, los naipes en la mano: pintan bastos. Se palpa el miedo, la resignación, un silencio salpicado de medias palabras. Mientras los empleados de la limpieza se esfuerzan por borrar los rastros de sangre del asfalto, la partida sigue, como si no hubiera pasado nada. Nadie grita basta. Están tan habituados a vivir en la infamia que se diría que el asesinado ha tenido una desgracia y ha muerto de muerte natural. ¿En qué momento los diabólicos resortes del terror hacen que un hombre tire su conciencia por el desagüe? ¿Y un pueblo?

 

El Día de Cuenca
10 de diciembre de 2008.