Paco Mora. CHÉJOV

Chéjov

 

Mañana, Chéjov ha muerto. Han pasado cien años pero la figura del más grande cuentista de todos los tiempos -con permiso de Cortázar, Stevenson o Aldecoa- sigue agigantándose y hace crecer, desde su muerte, nuestras vidas. Corría la madrugada del 15 de julio de 1904 cuando la tuberculosis anegó definitivamente el pecho de Antón Pávlovich Chéjov. Atrás quedaban algunas de las piezas teatrales más hermosas que vieron los siglos y un millar largo de cuentos entre los que se pueden espigar varias decenas de obras maestras. Y todo sin moverse de su provincia ni de su tiempo, sin retratar en sus escritos nada que no fuera la existencia anodina de sus contemporáneos y sin pretender dar respuesta a las grandes cuestiones que inquietan al hombre desde su origen: simplemente formulando preguntas Chéjov nos desvela la naturaleza humana con precisión de cirujano. Se dice que el escritor de Taganrog es el mejor pintor del alma rusa; pero el alma no tiene patria, de modo que Chéjov es el literato que mejor ha sabido plasmar el alma humana, sin adjetivos. De ahí que su obra haya crecido con el paso de los años, en su sencilla verdad cercana al hombre de cualquier época. De ahí su universalidad hoy y por siempre.
En ocasiones, cuando a los escritores se les pregunta por las lecturas que alentaron su vocación, suelen éstos perderse en farragosas disquisiones con mucho colorín pero sin fuelle. En mi caso, confieso que lo poco que uno tenga de escritor se lo debe a tres hechos concretos. Uno: mi irreductible afición, siendo niño, a reescribir la letra de las canciones yeyés de moda, en los años 60. Dos: la lectura, en plena pubertad, del "Robinsón Crusoe", puro deslumbramiento por los innumerables mundos que un libro podía introducir en mi estrecho mundo. Y tres: el descubrimiento, ya en una adolescencia con mucho pavo, de los poemas de Bécquer y, a la par, de un dato biográfico meramente anecdótico: un escritor famoso, un tal Chéjov, había nacido un año 60, como yo, y como yo el 29 de enero, pero cien años antes. Esto no podía ser casual porque por aquel entonces yo ya emborronaba mis primeras cuartillas, enfermo de literatura. Leer con fruición al ruso, imitarlo, querer ser como él, fue todo uno.
Te animo pues, lector a que te acerques -si aún no lo has hecho- a Chéjov, porque todo en él tiene interés. Hasta su muerte, que bien pudiera parecer una de las grandes escenas de sus obras. Se cuenta que en los últimos minutos de vida del escritor, su mujer se afanaba en aplicarle hielo en el pecho, para aliviar el dolor. Segundos antes de morir, él la miró y con una triste sonrisa dijo: "No pongas hielo en un corazón vacío". Tenía 44 años, mi misma edad de hoy. Era un escritor de provincias, como yo. Chéjov escribió obras maestras como "La dama del perrito". Uno no tiene perro que le ladre sobre el halda de su dama. Bendito seas, maestro.

 

El Día de Cuenca
14 de julio de 2004.