Paco Mora. LAS CANADIENSES

Las canadienses

 

El pasado jueves, la última página de este periódico –justo al lado de esta columna cinco de nuestros desvelos- se hacía eco de la visita a Cuenca, tantos años después, de Pedro Muñoz Robles, ese castellano-manchego afincado en Montreal que fue el impulsor de los cursos para canadienses que, desde el año 71, convulsionaron los veranos de una ciudad todavía cerrada en el gris de un franquismo que insistía en educarnos como perfectos pazguatos, graduados en mojigatería. Y claro, ver la noticia y venírseme a la cabeza un aluvión de recuerdos olvidados fue todo uno. Por entonces, yo entraba de lleno y sin salvavidas en las espesas aguas de la adolescencia y, como es de suponer, una ensalada de hormonas sin desbravar devastaban mi alma, atormentada por aquel joseantoniano principio: el hombre es portador de valores eternos. Dice Muñoz Robles que los cursos abrieron la espita conquense al turismo internacional. Yo no sé. Los que sí se abrían como platos eran los ojos de los paisanos, ante el desparpajo y la naturalidad de esas muchachas que parecían de otro mundo –venían de otro mundo, desde luego- y que desprendían un aire de libertad que aquí jamás habíamos respirado. Lo que sí sé es que intuimos que había otro mundo, mucho más sano que el nuestro, que debíamos conquistar y que, bien mirado, nuestras canadienses eran el trasunto de aquellas suecas de las playas que llenaban de sueños lúbricos el magín del muy hortera macho ibérico. Que nunca se comía un colín. Pero se las daba. De comerse hasta las ganas, digo.

 

El Día de Cuenca
17 de junio de 2009.