Paco Mora. RUTINAS VERANIEGAS

Rutinas veraniegas

 

Desde la ventana de la casa del escritor se ve que la rutina del verano, soñolienta, bochornosa, en sordina, fatiga sus horas en la mujer que cruza la calle (minifalda mínima, top de recorte, mechas de papel cuché) y entra en la tetería con paso decidido. Sale al cabo de un minuto mascando palabras inaudibles. Parece enfadada. En un instante sus pasos se pierden al doblar la esquina entre el fragor de un furgón de reparto que bufa a todo meter por el tubo de escape y deja en el aire estancado de la tarde una nube de humo negro y maloliente. Desde la ventana de la casa del escritor se ve que las horas repetidas del estío se difuminan, borrosas, desflecadas, sin ganas, en el carrito de esa barrendera de la cola de caballo que limpia las mondas de nuestra dudosa educación ciudadana; lo hace con parsimonia pero a conciencia y con un cierto ritmo difícil de seguir: quizá la canción que escucha (lleva un auricular en la oreja) pone en solfa el concepto mismo de ritmo y por eso, de cuando en cuando, más que un baile lento, lo suyo es un puro flirteo con alguien invisible, si se me permite la imagen. Todo transcurre (o no transcurre) en esa calma chicha que gana las tardes de verano cuando el sol se remansa de tanto arder al sol –tan pagado está a veces el sol de sí mismo- y el aire, que ni es aire ni es nada de lo que cuesta respirarlo, por espeso, acalla hasta el canto de los pájaros, que revolotean sin cesar como perdidos en un circuito interminable. Es el ritmo del verano. La melodía del calor y el hastío.

 

El Día de Cuenca
29 de julio de 2009.