Paco Mora. GAMUSINOS

Gamusinos

 

Celedonio era, decían, el tonto del pueblo. Pero tengo para mí que no era sino un alma de cántaro que vivió entre dos aguas, en ese aguachirle que media entre la realidad y la ficción. Contribuía al equívoco su condición de vagabundo, aunque por aquella época esa palabra gozaba de poco predicamento, así que para el común de la gente Celedonio era un pobre de pedir. Subsistía de hacer mandados para unos y para otros y de vender gamusinos por cuatro perras gordas. Había desarrollado la extraordinaria facultad de descubrir la existencia real de ese animal imaginario, al que atribuía poderes benignos, y todo su afán consistía en intentar venderles a sus vecinos los gamusinos que decía haber visto, persuadido de que, para quien los adquiría, se convertían de inmediato en sus ángeles de la guarda, disfrutando bajo su protección de una vida larga y plena. Cuando se le preguntaba por qué él andaba cubierto de andrajos pudiendo tener un ejército de gamusinos que velaran por su bienestar respondía que él no estaba en este mundo para ser servido, sino para servir. Quien más, quien menos, se conmovía y pagaba su ángel de la guarda de buen grado, no tanto por caridad cuanto por mantener vivo el cuento.
Celedonio, como todas las almas elevadas, era completamente ajeno a las cosas de esta tierra. No sabía lo que era un periódico, no oyó jamás una radio, no vio una televisión ni supo de las bondades de aquellos vehículos a motor (utilitarios, los llamaban entonces) que empezaban a verse por el pueblo. Mientras los demás nos hacíamos adictos a la televisión, con cosas como "¿Es usted el asesino?", "Galas del sábado" o "El virginiano", Celedonio moría de una congestión en su chamizo sin haber visto cómo el hombre dejaba la huella de su bota sobre la superficie de la luna.
El avispado lector pensará que saco a colación la historia de Celedonio al hilo de ciertos testimonios inverosímiles oídos hace poco en la Comisión que investiga el 11-M. Pero el lector se equivoca; no valdría la pena, la mentira tiene las patas muy cortas. Lo que de verdad me ha recordado a Celedonio es el caso de ese indefenso "gorrilla" molido a palos por cuatro jóvenes, en Almería. No sé, quizá ese vagabundo no leía muchos periódicos, desde luego, y la televisión le traía al fresco. Pero tal vez, los bárbaros que lo apalearon hasta matarlo vieran salir de su cabeza reventada a golpes algunos gamusinos en comandita. Serán sus ángeles guardianes en la otra vida. Otra vida en la que, de haberla, no cabrán los asesinos.

 

El Día de Cuenca
21 de julio de 2004.