Paco Mora. VILLARRUBIO

Villarrubio

 

Poco aporto al ritmo agosteño de este 2009 que nos va viviendo si digo que Cuenca estalla en fiestas por sus cuatro costados. En el mes veraniego y nocherniego por antonomasia, en muchos de nuestros pueblos, incluida Cuenca ciudad, se rinde pleitesía al patrón. O a la patrona. Como, por otra parte, ocurre en media España. Lo curioso es que casi en ningún lugar se celebra la fiesta en su tiempo, aunque bien es verdad que si se ha trasladado a agosto ha sido por pura necesidad. Desde que en los años 60 y 70 la sangría de la emigración fuera dejando vacíos nuestros pueblos, el problema de la despoblación rural no ha hecho sino aumentar año tras año. Sólo en agosto los hijos pródigos regresan unos días al terruño natal, creando la efímera ilusión de que las calles recobran parte de la gracia y la vida perdidas. Por tanto, montar un programa de festejos en honor de la Virgen del Villar –por ejemplo- en su fecha de mayo es condenar la fiesta al más estrepitoso fracaso.
Yo acabo de pasar los últimos días de mis vacaciones en Villarrubio, ese pueblo pequeño, hermoso y muy cuidado que hace años adopté como mío, y que se sitúa frente a las ruinas de Segóbriga mirando con ojos asombrados al Monasterio de Uclés. Es tierra recia, bella, acogedora, bendecida de la mano de Dios pero, en demasiadas ocasiones, olvidada de la mano del hombre. Ayer terminaron sus fiestas. Dentro de unos días, cuando los veraneantes se marchen, sus calles semivacías volverán a oler a limpio y a sol, a blanco y a tranquilidad. Y a muy buena gente, vaya. Muy buena.

 

El Día de Cuenca
12 de agosto de 2009.