Paco Mora. DIEGO JESÚS

Diego Jesús

 

¿En cuántas palabras cabe la vida de un hombre? ¿Cuántas serían necesarias para espantar el fantasma de su muerte? Yo sé que en las pocas de esta columna, que cada miércoles bucea entre renglones ciegos, apenas cabrá la sombra de una vida, la huella indeleble que, tras la herida, deja siempre la cicatriz. Se nos ha muerto Diego Jesús Jiménez, y el verso, como un espejo roto en mil pedazos, envenena el aire de reflejos que hoy nada reflejan. "Sobre la vieja rama / de la desolación, yace la vida", escribió el maestro con esa luminosa percepción que únicamente otorga a los elegidos el Gran Hacedor, aquel que da al poeta honesto, verdadero, el verso esencial y necesario, porque "...las palabras pueden penetrar la materia / y, con su luz más diáfana, establecer un orden en su universo helado."

Hace casi doce años, en este mismo periódico, escribí un artículo sobre Diego que concluía así: Admira en Diego Jesús Jiménez su increíble dominio de la "sintaxis del color", su maestría en los "usos gramaticales de la luz", su aportación vivísima a la textura, hecha a partes iguales de alma y materia, de los vocablos. "Es ambición hermosa someter las palabras", nos dice el poeta, "pues que así se da nombre y destino a la vida". Ojalá, Diego, esta nuestra Cuenca se arranque el ojo tuerto y descubra de una vez a su poeta. Porque entre el insufrible papanatismo provinciano que nos acosa hay tanta hermosura, Diego, tanta hermosura y tanta poesía junta… Me reafirmo en ello hoy, contra el dolor que siento por su pérdida. Bendito seas, Diego, maestro; bendita tu palabra que habrá de iluminarnos siempre.

 

El Día de Cuenca
23 de septiembre de 2009.