Paco Mora. LA SIESTA

La siesta

 

Se llamaba Tomasa y la tarde que decidió tumbarse a la bartola para siempre cumplía 44 años de edad. El sucedido, según contaban en el pueblo, pudo ocurrir más o menos así: con el último bocado del almuerzo en la boca, se levantó Tomasa de la mesa, que compartía con su marido y sus cuatro hijos –todos varones- y sin más les dijo: “voy a echarme, ya recogeré luego”. Poco podían imaginar los cinco hombres que esa frase sería una de las últimas que escucharían de su boca. Ya bien entrada la tarde, el marido de Tomasa, extrañado, se acercó al cuarto. “No me encuentro muy allá”, le dijo ella; así que se quedó en la cama. No volvió a levantarse nunca. En 23 años. Durante todo ese tiempo, solo repetía a las visitas que acudían a su casa en procesión: “ea, aquí andamos con lo nuestro”, cuando se interesaban por su estado, que no sabían si achacar a una rara enfermedad del alma o a la pura gandulería. Jamás admitió la visita de un médico ni hizo comentario alguno sobre su decisión de hacerse una tumbada. Su marido y sus hijos –a los que no volvió a dirigir la palabra- se amoldaron a la situación con resignación cristiana, e incluso encontraron cierto gusto –y provecho- entre tanto visiteo acumulado a lo largo de los años. Poco antes de morir, Tomasa llamó al carpintero y cambió la cama por un ataúd. En él paso sus tres últimos días de vida, las manos cruzadas sobre el pecho y en perfecto estado de revista, haciéndose la muerta. No podía permitir que el más allá la sorprendiera descangallada y de cualquier manera.

 

El Día de Cuenca
30 de septiembre de 2009.