Paco Mora. UN SEÑOR MUY SEÑOREADO

Un señor muy señoreado

 

Unos decían que era un señor muy señoreado. Otros, que un tipo raro, aunque nada en su apariencia ni en sus maneras invitara a sospechar en él rareza alguna. Probo funcionario de los de antes -lástima no haber llegado a tiempo a la visera y los manguitos- repartía la jornada entre sus burocracias vírgenes, sus misas y dos tías de su difunto padre, solteronas y ya muy entradas en años y en carnes, con las que compartía cada tarde té con leche y picatostes. Soltero vocacional también él, habitaba un caserón del casco antiguo de la ciudad, un santuario de orden y limpieza apenas hollado por alma alguna que no fuera la suya propia. Si sus tías se habían quedado para vestir santos, de él decían que se pasaba las horas desvistiendo a unos santos para vestir a otros. Nazareno de varias hermandades, entre sus ocupaciones semanasanteras más gratas se contaba la de engalanar las andas y revestir las imágenes para las procesiones. Se daba, decían, muy buena mano en ello. Su buena mano cayó en desgracia, sin embargo, el día que alguien descubrió el turbio matiz: para vestir a los santos sólo desvestía a "santas".

En el último trecho de su vida, privado de sus más caras aficiones, se entregó con ahínco al estudio y la investigación: se propuso descubrir, a toda costa, el sexo de los ángeles. Rastreó en librerías de viejo los más vetustos tratados, escudriñó mamotretos sin cuento y tochos que espantarían a los más avezados ratones de biblioteca. Fue todo inútil. En el lecho de la agonía -agonizó sin parar durante tres días con sus tres largas noches- dicen que repetía, quizá plenamente feliz por primera vez en su vida: "Al fin voy a encontrar la respuesta!". Aunque en el postrer instante, para desconcierto de sus deudos y del corro de plañideras, dicen que dijo con su último suspiro: "¡Leña al mono, que es de goma!". Qué cosas.

El sucedido pudo ocurrir en la ciudad, no hace mucho tiempo. Animo al amable lector a adivinar de quién hablo. Si no lo descubre, no se inquiete. Échele la culpa a la abstrusa mente del columnista que, a veces, desbarra entre el retruécano y el cuento abstracto. En este caso, no obstante (y no lo digo en mi descargo) el columnista no es el que esto firma, sino mi inefable amigo Sebastián, que así me lo relató la noche de San Antón y así lo he trascrito letra por letra. Me lo contó, todo sea dicho, desprendiendo efluvios etílicos a manta que acabaron mareándonos un poco a los dos.

 

El Día de Cuenca
21 de enero de 2004.