Cuarto y mitad XI
El día en que perros y gatos caigan en la cuenta de que merecen poca fidelidad unos seres -sus dueños- que, al solo objeto de lucir el palmito, se cuelgan de los hombros a unos pobres semejantes despellejados vivos, olvidarán su condición doméstica y se echarán al monte.
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Medir el tiempo y ponerle puertas al campo son la misma cosa. Vano afán de unos seres cortos de talla con delirios de grandeza.
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Se daba tanto pisto aquel hombre que con los lamparones de su chaqueta podría haber hecho sopa de tomate para un mes el Charlot vagabundo de La quimera del oro.
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No era un político de fiar: el muy perillán hablaba por lo bajini. Herencia de su secreta época de boxeador camorrista y fullero.
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Aviso para padres posmodernos: Todo niño sano ha de tener su psicólogo de cabecera (preferiblemente argentino). Todo niño sano ha de encontrar un valedor que reivindique sus traumas infantiles.
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El insigne pensador gastaba tal perímetro craneal que para ajustarse el sombrero debía usar calzador.
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A la vara de medir palabras que los críticos literarios utilizan para escribir sus reseñas le pasa como a los viejos relojes de cuerda, que siempre atrasan o adelantan un minuto. Son -el crítico y su varita- como un diapasón impostor que en vez del la da otra nota en falso.
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Dicen que tiene la cabeza a pájaros. Y debe ser verdad. Cada primavera estrena nido en una oreja.
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Para la hormiga, su techo es la suela de un zapato. Y a veces, su tumba.
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El Día de Cuenca
28 de julio de 2004.
