Paco Mora. LIBRERÍAS

Librerías

 

Uno echa de menos ese tiempo en que entraba en una librería y podía demorarse largo y tendido hojeando libros, o charlando con el librero sobre la última novela de la Highsmith, pongamos. Era un tiempo en el que las novedades no abrumaban los estantes con su carga insoportable de papel colorín y en los escaparates terminaba haciéndose familiar la cubierta de un libro de Bartolini. Era una época en la que los libreros que se preciaban de serlo podían estar al día e hincar el diente, o al menos catar, el género que vendían. Ahora esta relación con el libro y el librero es imposible porque las dimensiones del mercado han dejado de ser humanas. Las montañas de novedades que casi cada día sepultan los anaqueles de cualquier librería provoca que unos títulos se solapen con otros de continuo, en una fiesta cainita que los hace indiscernibles a todos, de modo que lo que ayer era nuevo, hoy es relegado al altillo de los secundarios y mañana pasto de un cajón de saldos al montón, pórtico de la muerte súbita que le sobrevendrá pasado mañana entre los dientes de las máquinas de reciclaje, que preparará nuevo papel sobre el que imprimir otra catarata de títulos condenados al mismo vía crucis, cerrando así un cí que gira y gira como un tiovivo tonto. Las librerí (salvo gloriosas excepciones) se han convertido en almacenes de libros donde uno entra con la sensación de haber perdido el sitio o equivocado el lugar, de estar en una tienda de ultramarinos donde se venden palabras al peso y al buen tuntún, como la verdura. Una lástima.

 

El Día de Cuenca
21 de octubre de 2009.