Paco Mora. DICIEMBRE

Diciembre

 

A mi amigo Sebastián lo que le aqueja hoy, como tantas veces, es un acceso súbito de incontinencia verbal; algo para lo que no hay tratamiento, que yo sepa, ni ambulatorio ni clínico. El primer farmacéutico que descubra la píldora para ponerle frenillo a la singüeso de los muchos sebastianes y sebastianas que pululan por el globo, se forra; y si a esa píldora, en España le agregan un componente para que se hable en un tono más bajo, tanto mejor, porque hay que ver lo que se vocea en los lugares públicos de este país. Será que somos gentes de poco fuste, y tendrá razón Jardiel Poncela cuando afirmaba que todo aquel que grita mucho al hablar es que no tiene nada que decir. El caso es que Sebastián, acodado en la barra de nuestro bar de siempre, entre trago y trago de tinto, lleva casi una hora largándome una filípica de aquí no te menees, atropellada, inconexa, siempre torrencial y, lo que es peor, en todo ese tiempo no me ha dejado mojar ni una vez en lo que se supone que es una conversación. Claro que dudo que Sebastián distinga entre los términos diálogo, monólogo y perorata. "¿Te das cuenta?", me dice, "ha sido entrar el mes de diciembre y el paisaje humano en las calles ha cambiado. Hace tres días ibas por ahí y todo muerto: llega diciembre y ya se huele la jarana y el despiporre. Milagros de la publicidad que nos tiene sorbido el seso". Y ahí sí, ahí noto un silencio, un descuido de Sebastián y entro a saco: "¿Y no será", le digo, "que la gente ya ha cobrado y ha entrado dinerito fresco en los bolsillos?". Sebastián me mira de lado y, al fin, calla. Bebemos el resto de la tarde en fervoroso silencio.

 

El Día de Cuenca
02 de diciembre de 2009.