Paco Mora. MUEBLES

Muebles

 

El ínclito filólogo detestaba las frases hechas, las muletillas, los anglicismos innecesarios, las locuciones tontorras, todos esos estorbos del lenguaje –según sus propias palabras- que ponían perdido el idioma de vacuidades. La cosa empezó en un programa de radio, cuando un contertulio le dijo, no sin cierta rechifla: “Es que nuestro lingüista tiene la cabeza muy bien amueblada”. Nunca nadie antes se había atrevido a decirle semejante sandez, y menos sabiendo lo que tenía escrito sobre las expresiones de esta especie. El caso es que a la mañana siguiente, cuando el filólogo se afeitaba, ocurrió. Se rasuraba en ese instante la mejilla izquierda y, de pronto, la imagen que el espejo le devolvió fue otra. Era su cabeza, sin duda, pero vista por dentro. Las típicas celdillas en que se compartimenta el cerebro se correspondían con las distintas habitaciones de una casa. Una casa, por cierto, grande y muy bien amueblada. El salón, por ejemplo, lucía cortinajes de cretona, sillones tapizados en piel y una mesa de caoba tipo imperio, y de las paredes colgaban finísimos óleos y acuarelas de diversos estilos pictóricos. Los baños (cuatro), de delicado gres y porcelana, contaban con bañeras de hidromasaje y los dormitorios (siete) estaban decorados siguiendo un patrón reconocible: versallesco uno, isabelino otro, art déco el de más allá. Al final de un pasillo observó una puerta distinta a las otras. Tiró del picaporte. Para su sorpresa, ante él se abría el vacío. Nada. La nada es blanca, pensó. Mientras caía sin remedio al abismo, con la mejilla izquierda a medio rasurar, creyó ver su imagen desvaneciéndose en el espejo.

 

El Día de Cuenca
23 de diciembre de 2009.