Paco Mora. EL TRICICLO

El triciclo

 

Debo reconocerlo, mal que me pese: soy monárquico hasta la médula. La culpa: del clásico. Desde que nos hizo entender que la única patria verdadera de un hombre es la infancia, anda uno tras las huellas de su memoria en busca de aquel niño que aún me mira con ojos asombrados. En aquellos años ni sabíamos de la existencia de un tal Papa Noel, y supongo que si alguna vez hubiésemos visto por los aires a un tipo vestido de felpa roja, barbudo y gordinflón, subido a un trineo tirado por renos voladores, en Valverde se habría armado un pitorreo de aúpa. Tal día como el de hoy, lo que los niños esperábamos es que al despertarnos los Reyes Magos hubieran tenido a bien acordarse de nosotros, que para eso habíamos sido buenos buenísimos un año entero. Sabíamos que en las casas humildes los monarcas orientales no solían estirarse en exceso, pero como este día era el único en el que, con suerte, podíamos ver un juguete, nos lanzábamos de la cama con el corazón en un puño y la ilusión dando brincos. Yo recuerdo pocos juguetes. Un año Sus Majestades me echaron un rifle de plástico que disparaba ventosas. Otro, un tren de hojalata, de cuerda, que daba vueltas sobre un raíl circular. Y, por fin, un triciclo: el regalo estrella de mi infancia. Lo malo es que aquel año los Reyes se adelantaron, y en vez de esperar a que estuviese dormido para dejarme su presente, lo hicieron antes, como al descuido. Más de media noche anduvieron mis padres tras mi frenético pedaleo, que solo dejé cuando me aseguraron que podía dormir agarrado al manillar de mi flamante velocípedo. Desde entonces, para mí los Magos ni camellos ni nada: llegan siempre en triciclo.

 

El Día de Cuenca
06 de enero de 2010.