Paco Mora. HAITÍ

Haití

 

Nuestro chico haitiano se llama Wadlen y tiene 6 años. Antes fue una chica, Sophonie, de 9. Ambos tienen unos ojos radiantes, vivísimos, que escrutan su pequeño mundo como si fueran a comérselo vivo. Sus pieles negras son tan limpias y luminosas que se dirían tocadas de polvo de estrellas. Los dibujos que a veces nos mandan son pura luz y color. En uno se ve a un niño jugando en el mar, entre soles sonrientes y gaviotas en vuelo. En otro, una foca hace equilibrios con un globo terráqueo pintado con los colores del arco iris. Yo sé que hacemos poco ayudándoles a conseguir un plato de comida y una educación básica, que necesitan más y sólo con las mondas de nuestra opulencia podrían vivir en un país digno y con esperanza. Pero nos falta conciencia, o corazón, o vísceras para decir basta ya, para otorgarles la libertad que día tras día les hurta la pobreza. Y ahora su país ha sido asolado por un terremoto. Los vivos conviven con los muertos en las calles arrasadas, sepultando la miseria bajo nuevas toneladas de miseria, y de los escombros brota un grito de dolor tan grande que aquí, en la distancia, deberían chirriarnos los oídos. ¿Qué extraña ley consiente que la pobreza llame a la pobreza, que la desgracia se cebe con el más desgraciado? He interrogado al mundo y no responde. Le he preguntado a Dios, pero no he hallado respuesta. Quizá la ley del hombre chorrea demasiada grasa por sus michelines. No sé qué habrá sido de Wadlen ni de Sophonie, pero me mata pensar que ya no pueda mirarme en sus ojos inocentes y asombrados. Es hora de, al menos, rascarse el bolsillo. Porque ya quisieran ellos vivir nuestra crisis. Centuplicada.

 

El Día de Cuenca
20 de enero de 2010.