Paco Mora. FRÍO CON SOL

Frío con sol

 

Parafraseando un viejo artículo de Cela encontrado –sabe Dios qué azar lo puso ahí- entre los papeles del columnista, en esta mañana risueña y falsa de febrero (es domingo) podría escribir: Frío con sol en los tejados más altos, en las últimas azoteas, en los miradores colgados del diáfano cristal del cielo. Y es que a febrero le gusta vestir el sayo del puro espíritu de la contradicción –se conoce que tiene el alma carnavalera- y así como unos cruzan churras con merinas y otros lentejas con picatostes, al mes de febrero le encanta jugar al equívoco y al despropósito poniendo un sol helador en el ojo del mediodía, un sol bruñido –se diría con luz primaveral- de rayos como cuchillos que cortan el resuello, un sol bajo cero que ni sestea en la nieve ni se deja llover porque solo encuentra la razón de su sinrazón en el disparate, como los locos. Si a febrero le diésemos un tajo y pudiéramos asomarnos a su entraña veríamos, quizá, un parque repleto de niños alborotadores construido en las faldas de un volcán, o una escuela junto a un bosque de alimañas. Luce febrero con una luz que no es suya, porque es fría, clara y en falsete. Una luz que se miente a sí misma mentiras piadosas. Luz de almanaque de abril que en vez de un vientecillo tibio y apaciguador nos trae el iceberg de los polos, el iceberg que bajo su halda oculta una montaña invertida donde fueron a naufragar los barcos fantasmas. Y sin embargo nos gusta febrero, con su cabeza a pájaros, porque a veces gasta trazas de enamorado y unos ojos abiertos de recién nacido que para qué las prisas. Por más que para ti, lector, hoy sea miércoles y venga febrero con un tizne de ceniza en la frente.

 

El Día de Cuenca
17 de febrero de 2010.