Paco Mora. SEMÁFOROS EN EL PASILLO

Semáforos en el pasillo

 

Al columnista de provincias, en verano, tanto le da que pinten copas o espadas, oros o bastos, la verdad sea dicha. La martingala del estío se asoma cada año a la ventana del escribidor de provincias con el mismo sonsonete entre ramplón y anonadado, con idéntica cantinela mitad bullidora mitad trivialona que el almanaque se inventa para distinguir unas hojas de las otras. De la boa estival, como de la boa de la calle del Peso, no puede esperarse nada nuevo, por más que estiremos el cuento y arrastremos su piel por un callejero con sus callecicas fantasma -mis pobres, ninguneados don Astrana y don Enríquez- y del sol de los tejados más altos lluevan gatos y garduñas, retales de cornisas revenidas y tocinitos de cielo que vienen a ser las más dulces lágrimas de San Lorenzo. No hay remedio. Quien más quien menos hace su aportación al botejarismo nacional con paciencia levantina y entre procesión y procesión -la provincia arde en fiestas- haraganea sorteando bolardos por la Plaza Mayor y maceteros como graciosos orinales y turistas sin resuello. Los días pasan sin ton al son de la canción del verano, un chuntachún de acordes desflecados que solivianta la libido del moscardón de playa pero que a nosotros nos aturde un poco, qué vamos a hacerle. Desde que Fórmula V, Los Diablos y Los Puntos -nuestros monstruos favoritos- dejaron de sonar en las verbenas de la Feria de San Julián (versionados por Los Sanglos) hay cosas que ya no nos ponen; aunque igual no es eso, lo mismo es un problema de la edad que malbarata en agua lo que nos escamotea en vino.
Y sin embargo a la ciudad, quiere decirse a Cuenca capital, le sienta bien este tiempo de adormidera un poco a la virulé. Por ejemplo, ese vecino pejiguera, un ovejo perdulario al que tememos más que a un nublado, anda ausente todo el mes ligando bronce sabe Dios en qué tostadero y los políticos, que se dan igualmente a la holganza pero en más finústico, dejan de tocarnos nuestra rotonda favorita y concebimos la ilusa esperanza de que a su regreso, en setiembre, tal vez hayan olvidado la idea de ponernos un semáforo en el pasillo de casa, para regular como está mandado el tráfico entre el baño y los dormitorios, que en las horas punta se pone imposible. Y eso que vivimos solos. En fin. Que no hay mal que por bien no venga, pero tampoco dicha que cien años dure. Porque a la postre, como escribí una vez, el verano no es más que esta calma chicha que precede a la tormenta.

 

El Día de Cuenca
18 de agosto de 2004.