Paco Mora. DELIBES

Delibes

 

A veces conviene escribir en caliente, porque hay cosas que no admiten demora y antes que a nadie nos hace bien decírnoslas a nosotros mismos. Por eso, aunque a ti, paciente lector, no te lleguen estas palabras hasta el miércoles, las escribo unos días antes, en esta mañana gris de viernes que amanece con algún copo de esa nieve borde que no sirve ni para nieve ni para agua. La mañana en la que ha muerto un hombre bueno, Miguel Delibes. No caeré en la falsa tentación de decir que sin Delibes yo no habría sido escritor, porque el veneno de la literatura te cala en los huesos antes de que conozcas la obra de escritor ninguno ni sepas, siquiera, el significado de la palabra literatura. Pero sí confesaré dos cosas: el genio de Valladolid me enseñó a leer y a escribir más y mejor que nadie y, desde luego, sin sus libros, sin sus palabras esenciales yo no habría escrito nunca muchas de las mías. Intuyo que sus novelas interesan poco a los nuevos lectores, porque en esta sociedad de la imagen, donde todo corre a velocidad de chip y se crean y destruyen modas literarias casi cada semana, dominada por lo trivial, lo vacuo, lo inmediato, lo rentable, las historias de Delibes, sencillas, aquilatadas, hechas –en sus ritmos, en sus cadencias- a la medida del hombre, tienen perdida la batalla de antemano. Y sin embargo su prosa perfecta quedará. Porque las modas pasan, pero la gran literatura permanece. No hace mucho, decía Delibes con tristeza unas palabras terribles: que en su caso, había muerto antes el escritor que el hombre. En su caso, puede. En el de tantos lectores, presentes y futuros, el escritor no morirá jamás. Gracias, maestro. Por tanto.

 

El Día de Cuenca
17 de marzo de 2010.