Paco Mora. CON LA ELE DE ABRIL

Con la ele de abril

 

La decimotercera de nuestro abecedario es una letra larguirucha y facilona (se deja hacer de un sólo trazo a modo de rayujel), sin la cual sería imposible escribir la palabra palabra ni la palabra letra, y no digamos ya larguirucha, facilona o rayujel. Sin la ele, no habríamos tenido el consuelo de la luna lunera (de plata, por supuesto) de Lorca. Claro que Lorca, sin ele, en vez de poeta se nos quedaría en un cetáceo descomunal perseguidor de ballenas, o sea, en algo así como el capitán Ahab de la obra de Melville. Aunque bien mirado, sin ele tampoco conoceríamos a Melville y no habría escrito el imprescindible Moby Dick. Qué lío. O mejor, qué enredo, porque lo de lío sin ele como que no suena. Por la ele pierden la cabeza los locos y los lunáticos pero a cambio nos gana con su música el laúd y con su aroma el laurel. Sin ele no tendríamos libros ni lugares para perderse (o encontrarse), quizá en aquel rincón del atlas donde las luciérnagas van a morir de luz y de poesía. Sin la ele de luz viviríamos en perpetua oscuridad, como la lombriz de tierra, quizá nuestra antecesora primera, mutada sin ele en simple oruga o gusano, claro. Y lo que es más trágico: sin ele perderíamos una de las palabras más hermosas e inútiles del diccionario: lapislázuli; y como todo el mundo sabe un idioma sin palabras inútiles pero bellas ni es idioma ni nada, todo lo más una jerga, o una triste sopa de letras sin tropezones, puro aguachirle. Que tú metes un lapislázuli entre verso y verso y te salva el poema entero. Ah, y sin ele, despídete del único mes con personalidad del calendario (solo abril no acaba en o/e), y de aguas mil, nada. Unos cientos si acaso, y vas que chutas.

 

El Día de Cuenca
07 de abril de 2010.