Paco Mora. BANDERAS

Banderas

 

Hay nimiedades, pequeños gestos que suelen pasar desapercibidos pero que, por una de esas extrañas leyes que gobiernan el mundo de las emociones, en un preciso instante nos devuelven la memoria de cosas que creíamos olvidadas o, al menos, puestas a buen recaudo en el cuarto de los sueños silenciados. Así, estos días he recordado –cuánto tiempo atrás ya- las clases de religión de don Julio en el instituto Alfonso VIII, un pedazo de pan bendito con sotana que se ruborizaba con nuestras preguntas "indiscretas", o aquellas otras clases de FEN, o sea, de formaci&iocute;n del espíritu nacional, de don Alejo y don Gustavo, empeñados en inculcarnos, sin muchas ganas, el aserto joseantoniano: "el hombre es portador de valores eternos", es decir, por aquel entonces de los valores del régimen. Y a la vez he recordado las tardes de verano gastadas en la casa de mi amigo Alfonso, en Los Moralejos, emborrachándonos de la música de Bob Dylan, y también de la de Labordeta o Víctor Jara o la de aquel disco clandestino sin títulos donde solo se leía: "Canciones para la libertad", aunque eran reconocibles las voces de Víctor Manuel, Rosa León, Aute o Ana Belén. Alfonso guardaba bajo su colchón una prohibidísima y delictiva bandera republicana, y cada vez que llamaban a la puerta nos sobresaltábamos pensando en una redada fabulosa en la que nos detenían por insurrectos. Ay, la adolescencia. Es lo que tiene la memoria, ha sido ver izada en un mástil del Alfonso VIII, donde entonces ondeaba la bandera franquista con el águila, una bandera tricolor (la anecdótica foto la publicaba el pasado jueves este periódico) y ponerse a trajinar. Qué cosas.

 

El Día de Cuenca
21 de abril de 2010.