Paco Mora. RUIDOS

Ruidos

 

Hubo un tiempo en que nos barruntamos algo, pero claro, cuando aún no te alcanza la edad ni para criar acné, todo te parece de lo más natural: el mundo es un continuo fluir sin horas que no tiene trampa ni cartón. Así, que tu vecina hablara siempre chillando con esa voz de pito ("¡¡¡Guillermoooooo, o pasas a cenar ahora mismo, o te pongo el culo como una estera!!!") y que las partidas de truque de los mayores fueran una escandalera de gritos, carraspeos ladrados con aguardiente y puñetazos en la mesa, se acababa viendo normalísimo. De hecho tú, cuando jugabas con tus amigos, eras el primero en montar una algarabía de mil demonios, que todo se aprende.

Yo no fui por completo consciente de que vivía en un paí chillón y en extremo ruidoso hasta que, muchos años despué, aterricé en el aeropuerto de Zurich. Ver aquellos ríos de gente transitando de un lado a otro y que sin embargo hubiese un silencio casi má allí, me estremeció. Quizá sólo he sentido una impresió similar, una emoción tan fuerte al entrar en un lugar desconocido, cuando puse el pie por primera vez, una noche, en la plaza de San Marcos de Venecia. Aunque por razones bien distintas.

Hoy el ruido, en España, es una seña de identidad, archipresente en todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana. De hecho, según hemos sabido somos, tras Japón, el segundo país más ruidoso del mundo. Por primera vez, las nuevas generaciones sufrirán problemas de sordera antes que sus padres. La naturaleza es sabia. Claro que, a lo mejor, lo que es un problema de educación acabamos arreglándolo inventando un ecualizador para el oí. Porque somos así. Al tiempo.

 

El Día de Cuenca
05 de mayo de 2010.