Paco Mora. PAÑITO ALMIDONADO

Pañito almidonado

 

Ay, qué pena. Cuando el tiempo, estos tiempos tan convulsos y apresurados hacen saltar por los aires los iconos, esos pequeños mitos o tópicos que venían a ser la pimienta y la sal de un país, ¿qué nos queda? Nada. Una mancha retestinada en el hondó del alma y lombrices en el estómago. Despué de tantos lustros cultivando con esmero –para mayor regocijo de suecas y guiris- esa seña de identidad españolí que siempre ha sido el maridaje entre el torero de casta con planta lunera y la tonadillera de peineta y tronío, va el maldito usurero de todos los relojes, o sea, el dios que tasa y mide nuestro paso por este erial de pecadores, y hace trizas nuestra imagen más sentida y cañí. Ahora resulta que se pone en jaque la "fiesta nacional", como si fuera cosa de bárbaros. Y total, por un quítame allá esas pajas, porque uno de los animales más hermosos, el toro, riega con su sangre reiterada la arena de un redondel y un bravo hombre de luces se deja la femoral a borbotones por las plazas del orbe. Por favor, ya hay que ser tiquismiquis. Y al mundo del folclore patrio se le caen los palos del sombrajo por una nimiedad, cuando a una de sus má altas figuras se la acusa de presunta porque entre copla y copla tal vez pintaba de blanco los billetes verdes. Tú me dirás, como si uno no pudiera pintar sus cosas del color que le plazca. España pierde su duende. Lo que siento es que mañana temprano, cuando nadie me vea, tendré que tirar a un contenedor los adornos que han sido la gloria de mi casa: en un pañito almidonado, sobre el televisor, brillaban como soles una muñequita en traje de faralaes y un toro negro mohíno con divisa verdigrana. Qué pena. Ay.

 

El Día de Cuenca
12 de mayo de 2010.