Paco Mora. SUMIDEROS

Sumideros

 

En su cuento Papá en la tele, el escritor satírico Stefano Benni relata la ejecución, televisada en directo, de Augusto Minardi, un parado cincuentón que una mala tarde tira de gatillo cuando pretendía limpiar de polvo y paja la caja registradora de un supermercado. El programa es seguido por millones de teleadictos, entre ellos la propia familia de Minardi que organiza con sus vecinos una cuchipanda frente a la pantalla del televisor. La ocasión lo merece: al fin papá será la estrella de un programa de máxima audiencia.
Decir que la tele se ha convertido mayormente en un balaguero en el que alivia el vientre nuestra sociedad se me antoja una perogrullada, pero bueno sería recordárnoslo cada poco por mejor aprender a utilizar el botón de off de nuestro mando a distancia. Si hace un tiempo la caja catódica se nos llenó de multitud de descerebrados que vivían del bonito arte de no dar un palo al agua, hoy el dislate ha alcanzado niveles de paroxismo. Es imposible enchufar el aparatejo y no toparse de lleno con un corro de voceadores que ponen sus huevos en un gallinero cutre y alborotado, o con un grupito de supuestos periodistas despellejando viva a una reinona del petardeo, o con un pendón desorejado que cuenta en polvos su capacidad de raciocinio, o con una casa en la que sus moradores gastan las horas en el interesante ejercicio de medir la perfección de sus bostezos, pedos y regüeldos, o con ese pobre "hombre de la calle" -muchas veces es el mismo actor- que igual relata sus trifulcas con la novia en una cadena y mañana, en la de la competencia, comparece como la víctima propiciatoria de un padre brutal.
Minucias, sin embargo, comparadas con los programas que nos llegan de Estados Unidos. Pronto los imitaremos. Uno de los más vistos por aquellos pagos consiste en coger a un inmigrante sin papeles y, con el cuento de legalizar su situación si supera ciertas pruebas, someterlo a todo tipo de humillaciones, desde obligarle a zamparse cuarto y mitad de cucarachas vivas hasta estamparlo en un coche contra una línea completa de autobuses. Se me ocurre que lo próximo bien podría ser cazar a lazo a uno de esos africanos que cada día se mueren de hambre -unas semanas antes de morir, claro está- y, si gana el concurso, regalarle a él y a sus vecinos una suscripción a las mejores revistas culinarias. Ya que están condenados a morir al menos lo harán -qué gesto tan piadoso- con la boca hecha agua. Quien cifra su diversión en la necesidad ajena merece la misma suerte de aquél al que hace objeto de su deleite. Por eso, lo dicho, mejor guardar el mando a distancia bajo siete llaves, no sea que en una de esas se nos vaya por el sumidero, tras las aguas fecales, la vergüenza. Y la conciencia.

 

El Día de Cuenca
25 de agosto de 2004.