Paco Mora. JULIÁN

Julián

 

Te miro en las antiguas fotografías en blanco y negro, algunas con los bordes dentados, como si el tiempo las hubiese envejecido a dentelladas (qué perro usurero es el tiempo, Julián) y la memoria, mentida de recuerdos, me devuelve la grisura de aquel Valverde nuestro donde, sin embargo, el bendito don de la infancia pintaba cada calle, cada casa encalada, con los colores sin fin del arco iris. Te miro con tu porte sesentero, a lo James Dean, y un nublo en el alma enturbia la luz que irradiaban tus ojos azules. En una foto, tomada en el corralón de atrás de la casa, estamos en cuclillas, tú con ese grotesco sombrero tejano de plástico blanco (cuá jugaría con él a indios y vaqueros) y yo con mi chaquetilla azul de los domingos; sonreímos a la cámara, y entre las dos palas de mis dientes, demasiado separadas, se diría que cupiese entero el mundo. Claro que entonces el mundo estaba marcado apenas por el corto trayecto que separa la calle Leones del pantano, la barbería de la granja de Gil, La Sociedad de la verja sin luz del cementerio. En otra instantánea, tú ya un adolescente (qué guapo eras, canalla) que alteraba las hormonas y las mejillas de las muchachas del pueblo, me tienes en brazos, con mi pelo cortado a tazón y esos ojos saltarines en los que, tantos años después, han consentido mirarse los ojos de mi hija.


¿Cómo me has dejado tan solo? Y tan pronto… Yo ya no sé qu&eoacute; hacer con tanto hueco, Julián. Dale un abrazo a padre, y a madre, y a nuestro hermano Faustino, y a mi querido Mota. Yo seguiré contando nubes por dentro. Aunque estén vacías. Por ver si, de una vez por todas, escampa.

 

El Día de Cuenca
07 de julio de 2010.