Paco Mora. ORO COMESTIBLE

Oro comestible

 

Confieso que me gusta la buena mesa. Cualquier tipo de cocina. Sin adjetivos. Claro que mi educación sentimental y, sobre todo, mi poder adquisitivo me hacen inclinarme hacia el puchero de la abuela más que a esos guisos de nombres incomprensibles y relamidos que abanderan cocineros de la talla de Arzak o Ferrá Adriá, pongamos. Pero insisto, creo que sé apreciar por igual un buen cocido madrileño y un exquisito fua ahíto de epítetos kilométricos. Adriá, por ejemplo, ya nos tenía acostumbrados a utilizar en sus platos ingredientes inverosí, convirtiendo en delicias unas pocas burbujas de aire flambeadas al vacío; pero yo, cándido, no dejo de asombrarme cada día del potencial de milagros que atesora el cerebro humano. Le contaba uno a otro en un bar que el condimento de moda ahora es el oro comestible. Según parece, desde hace un par de años lo más glamouroso, entre los ricachones, es aderezar sus platos y bebidas, de precios ya de por sí prohibitivos, con virutas de oro de 24 quilates. ¡Toma crisis y hambruna en el mundo! Dicen que lo de zampar oro es tradición vieja que viene del antiguo Egipto y que su ingesta, en pequeñas cantidades, tiene propiedades salutíferas. Oyendo a esos dos me vino la imagen de las películas sobre buscadores de oro, que se pasaban el día cerniendo en un harnero la tierra del fondo de un riachuelo para nada. Quizá los pobres deberían lanzarse con su harnero a las letrinas de los podridos de pasta –como siempre han hecho los pobres, por otra parte-, a rescatar las virutas entre sus heces. Claro que un harnero utilizado como arma arrojadiza tampoco estaría mal traído, llegado el caso.

 

El Día de Cuenca
11 de agosto de 2010.