Paco Mora. SONSONETES ESTIVALES

Sonsonetes estivales

 

El colegio que se ve desde la ventana de la casa del escritor parece un jardín baldío, un terrón de campo en barbecho, un secarral calcinado de soledad y olvido. En el patio que lo circunda falta el griterío de los niños, sus carreras locas, el trocito de infancia que, como un gusano de luz, se le entra por los ojos cuando, en época de colegio, los mira trotar alegres y, por un instante, se instala en el cuarto del escritor aquel niño que él mismo fue en otra escuela lejana y que hoy, mal que le pese, tal vez no se reconocería en aquella frase tan verdadera de Ana María Matute: "Un niño no es un proyecto de hombre; un hombre es lo que queda de un niño". Es lo que tiene el verano, cuando el sol en su cenit abrasa las ganas y la voluntad y el corazón de la gente, que a poco que te descuides te planta ante un espejo en el que no sabes si te miras o eres tú el mirado por tu reflejo o, lo que sería peor, por el reflejo de otro; y el alma de la ciudad anda como a la fuga y está en sus cosas y va a lo suyo, tan huidiza siempre. Aunque la mujer, la eterna mujer de ayer y de hoy que cada día arrastra su carrito de regreso del mercado, arrastre con él la fatiga y el hastío de todos los agostos de su vida, y ese hombre que pasa por la acera, camino sabe Dios de qué otra acera mordida de sol y de rutina, no sepa que en el pañuelo con el que se enjuga el sopor de la frente anida un vuelo de gorriones, a poco que buscara en ese rincón de su cerebro donde se ocultan los sueños dormidos. Y sin embargo, se diría que huele a fiesta, al sonsonete agosteño que desde que el escritor se acuerda gira al ritmo de un tiovivo, sanjulianero, que ya no da vueltas. Tiene miga la cosa.

 

El Día de Cuenca
25 de agosto de 2010.