Paco Mora. LAS PALABRAS MUERTAS

Las palabras muertas

 

Hace unos años, mi añorado amigo Ángel Luis Mota escribía en una de sus columnas que "las palabras tienen vida propia y, al margen de sus usuarios, son capaces de nacer, vivir, desarrollarse y, cuando lo desean, de desaparecer. Eso sí, cuando ellas quieren, porque pueden permanecer siglos ocultas en un diccionario o en una página perdida de un libro para, de pronto, resucitar, volver a la vida para sorpresa de propios y extraños". Me gustaría que tuviera razón, pero no las tengo yo todas conmigo. Porque lo que parece evidente es que cada día vamos perdiendo más palabras, más y más caen en desuso por puro desconocimiento, con lo que ello supone de empobrecimiento para un idioma tan rico como el nuestro. Es obvio que cada vez (salvo unos pocos) utilizamos menos palabras en nuestro diario sinvivir y, sobre todo a los jóvenes, que son el futuro, se les van cayendo del bolsillo –deben llevar agujeros- letras del abecedario un día sí y otro también. Si el lenguaje es el hombre, no quiero pensar que en un futuro, lleno de palabras muertas, los diccionarios sean cementerios donde ya no habite ningún ser humano salvo, quizá, un pequeño gueto de apestados.

Viene la filípica al caso porque a cuento de mi columna sobre el ciclista Alberto Contador, unos cuantos me han preguntado –vaya, alguien me lee- que qué era eso de una “higa”. Y no, no es una falta de ortografía (por hija) ni mucho menos la mujer del higo chumbo, sino un feo gesto que viene de antiguo y más o menos se corresponde con lo que hoy se llama una "peineta": con el puño cerrado, se muestra el pulgar por entre el dedo índice y el cordial, mandando al plasta del vecino a cascarla. O sea, eso que no se hace.

 

El Día de Cuenca
20 de octubre de 2010.