Paco Mora. BERLANGALIANA

Berlangaliana

 

Ver es cosa de los ojos. Exclusivamente. Mirar, asunto de los sentidos, de los cinco, seis, siete… según cada quién, o cada cuándo, o cada cómo. Se mira palpando con el oído; gustando con la piel; oyendo con una pituitaria, tan engañosa a veces, que si hoy mea colonia, mañana se enreda y nos atufa con pétalos de rosa podridos, mordidos de espinas y horas muertas; oliendo con una vista que, ojo avizor, va escudriñando esa falacia que algunos se empeñan en seguir llamando realidad. Mirar es ver más allá de los ojos, a su través, de frente, de espaldas o de canto; subiendo con el alma a lo más hondo, bajando con el corazón a las alturas celestes donde sestean las cicatrices de nuestra razón, desrazonadamente. Mirar es ver en primer plano a ese par de hombres, pobres de solemnidad, fatigando sus horas vacías al orillo de las faldas de una mesa camilla, mientras conversan de esto y de lo otro, pero también, detrás, en un segundo plano, a la sufrida mujer en delantal que arrastra su plancha de brasas sobre una camisa mil veces remendada, sin quitar ojo a los tres o cuatro críos que, en un tercer plano, ya casi difuminado, corretean por la casa jugando con su pobreza: una caja de cartón que han convertido en carromato, y aún en un cuarto plano, mirar es ver la puerta entreabierta del fondo, que da a una habitación donde adivinamos la duermevela del abuelo que está postrado en la cama desde la noche de los tiempos.

Gracias, maestro Berlanga, por enseñarnos a mirar –a ver un poco más lejos de la propia mirada- ese interminable plano secuencia que es la vida misma, donde todos somos mediocres actores fuera de reparto.

 

El Día de Cuenca
17 de noviembre de 2010.