Paco Mora. CUARTO Y MITAD XII

Cuarto y mitad XII

 

Ejemplo de frase ingeniosa (o sea, tonta) ante la que todos los tuertos de letras del universo mundo lanzan admirativos oes y sonoras palmas: "Le gustaban las preguntas retóricas. Por eso se casó con una azafata (curvilínea y omnímoda)".

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La ropa recién planchada, aunque se trate de un pañuelo negro como la pez, huele siempre a blanco.

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Vimos esas peras tan lustrosas y no pudimos resistir la tentación. Con el primer mordisco supimos ya que se trataba de la fruta del Paraíso. Lo extraño del caso es que el caso hacía trizas el dicho. Porque era un olmo el que nos ofrecía esas peras de agua dulcísima. Después supimos que se trataba de un olmo machadiano. ¡Acabáramos! Fue peor saberlo. Desde entonces arrastra uno una insufrible sensación de extrañamiento, una punzada en el corazón, un halo muy aparente de plagiario o epígono de un tiempo definitivamente ido.

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Hablaba únicamente entre dientes. A los 42 enmudeció para siempre. En una mala caída había perdido la dentadura.

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Ser un escritor sin género es bien triste. Uno es como el primer hilo de una tela de araña, no sabe nunca si tras ese hilo vendrán otros a tejer una intrincada red que, probablemente, terminará ahogándolo. Pero será una red muy hermosa. Y uno no sabrá nunca que sin ese modesto hilo inicial no habría sido posible componer el tapiz. Aunque quizá la araña se haga otras cuentas y deje de tejer enseguida, de manera que el hilo quedará ahí solo y colgandero, a merced del polvo y la desidia del tiempo. Hasta que un día (es tan inconsistente) el hilo se desprenda y venga a caer al vacío, esto es, a ese montoncito de borra que ahora recoge el chico de la limpieza y, con cierto fastidio, deposita en su carrito de la basura.

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El arte nunca es bastante.

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La vida, tampoco.

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El Día de Cuenca
15 de septiembre de 2004.