Paco Mora. DIDEROT

Diderot

 

Diderot Se hacía raro, la verdad, ver la soledad del féretro en el pasillo central de la iglesia. Se hacía raro por tratarse de quien se trata, un hombre bueno unánimemente reconocido y apreciado como decano de las letras conquenses (y, quizá, de Castilla-La Mancha), un poeta más que notable y un dinamizador cultural de primerísimo orden en una EspaÑa oscura –la de los aÑos 50 y 60- donde la palabra escrita, sobre todo si se pretendía honesta, aunque por desgracia no muy libre, podía costarte cara; más aún si tenías la osadía de dirigir una revista poética, o sea, poco menos que un nido de letraheridos sospechosos, por no decir de vagos y maleantes. Se hacía raro, la verdad, ese ataúd rodeado de tan pocos en el último adiós a un hombre de vida y obra ejemplar. Ni un solo representante institucional. Con los cinco dedos justos de una mano, las gentes del arte y las letras que podían contarse en la despedida. Qué extraÑo. Claro que, si bien se mira, la del escritor es quizá una de las vidas más solitarias que pueden vivirse, porque se crea desde el silencio, desde la más estricta soledad y, si como es el caso de Eduardo de la Rica, se hace con absoluto rigor, huyendo siempre de los fastos y alharacas que suelen rodear al “mundillo” literario, dedicado únicamente al quehacer de una obra decantada y limpia, como lo es la suya, esa soledad y ese silencio se muestran infinitos; aunque al final –bendito don de la palabra- nos ofrezcan los frutos más jugosos: tu poesía, entraÑable Diderot, como ejemplo de coherencia y buen hacer. Gracias, don Eduardo, por su larga y magistral lección de vida y literatura.

 

El Día de Cuenca
15 de diciembre de 2010.