Paco Mora. VALVERDE DE JÚCAR

Valverde de Júcar

 

El corazón, ese desconocido al que fían su capacidad de raciocinio los poetas, es un músculo tontorro surcado de paisajes. Corazón adentro fluyen ríos y regatos y arroyos no siempre navegables donde se enredan las ovas y pastan los cangrejos; al fondo, un cúmulo de nubes sobre una alameda y tal vez un yesar derruido al borde de un camino.
Viajar con el corazón en bandolera, por todo equipaje, al lugar que te vio nacer yo no sé si es un modo de volver o de marcharse para siempre, pero no tengo otra manera de hacerlo. En Valverde, el tiempo que tuvimos, ese tiempo que aún hoy nos cunde cuando soñamos la vida en palabras, se desgrana en un reloj con las manecillas del revés. En la calle Leones, ante el montón de escombros y tristeza que ocupa el baldío en el que un día estuvo mi casa, miro un patio dibujado en el aire, al fondo un corralón con un pozo y más allá las cuadras; ahí, casi al alcance de mi mano, un barandal de madera del que cuelgan macetas con pensamientos y geranios. El señor Andrés, como cada mañana, arrea a la borrica camino de las olivas y su hija Gregoria -mi otra madre- me lleva al baile en La Sociedad y después al Moyfran porque hoy echan "El hombre de la metralleta". De repente, sin transición, es Christopher Lee quien recorta sus colmillos draculinos bajo un cielo de estrellas, en el cine de verano y Amparo me vende por dos reales el cuartillo de vino para el almuerzo de mi padre. En la barbería de enfrente, a una recua de chavales nos cortan el pelo a tazón, por la bravas, como a un ganado variopinto y alborotador, y mi amigo Jesús protesta y hay un niño que llora y todo huele a loción Floïd y a brillantina y a septiembre. Y un hombre que se afeita las barbas blasfema de pronto, y en una tarascada le da por mentar a Franco y el barbero lo mira con aprensión y miedo y le dice, por Dios, Zutano; y por un momento la navaja barbera roza el gaznate del hombre, pero éste, todavía a medio rasurar, se levanta de un salto del sillón giratorio y sale a la calle mascando palabras entre dientes. Mientras tanto, en el pantano, mi hermano contempla horrorizado cómo se ahoga su apellido en la garganta de un amigo: quiso beberse la vida de un sorbo y se tragó el mar.
El corazón es mal compañero de viaje, a poco que te descuides te mancha la memoria de remilgos y de recuerdos improbables que ya no te pertenecen. Aunque quizá todo se resuma en una sencilla verdad: tú, a pesar de la distancia, nunca saliste de Valverde, por eso no has sentido la necesidad de volver. En todos estos años un niño, ese que te mira desde tus ojos pero te resistes a reconocer, recorre infatigable el trayecto que va desde el antiguo cuartel de la guardia civil hasta el final de la calle Madrid, camino de ninguna parte. No espera nada ni a nadie. En Valverde alguien prende las primeras luces de la Feria de septiembre.

 

El Día de Cuenca
22 de septiembre de 2004.