Paco Mora. LA VIDA FASHION

La vida fashion

 

De vez en cuando las revistas literarias se ocupan de los escritores invisibles, o sea, de los J.D. Salinger, Thomas Pynchon, B. Traven y Carlos Castaneda, por ejemplo, a los que se ha dado en denominar la hermandad del silencio. Escritores que han rehuido toda su vida las pompas del mundillo cultural, los flases de la fama, borrando incluso las huellas de su pasado, porque consideran que la única biografía válida de un escritor es su propia obra. Son autores de culto y deben su celebridad (y las ventas millonarias de sus libros) no a fenómenos mediáticos como los que hoy asolan la industria editorial, a los que son escrupulosamente ajenos, sino precisamente a lo único que importa, al rigor, a la coherencia, a la calidad de obras literarias del calibre de El guardián entre el centeno, El arco iris de gravedad, El tesoro de Sierra Madre o Las enseñanzas de don Juan, por citar un título incontestable de cada uno de ellos.
Y ahora que comienza el nuevo curso editorial bueno sería, pienso yo, mirar atrás y aprender algo de estos maestros porque, como viene ocurriendo desde hace ya demasiados años, la industria lo último que vende es el contenido literario de un libro. No hay más que echar un ojo a las novedades que inundan los expositores de las librerías (y las que se avecinan) para comprobar que el noventa por ciento de la producción libresca que se nos ofrece es pura bazofia. Las vapuleadas neuronas del lector medio han de escarbar entre toneladas de libros de quita y pon, en su mayoría de pedorros y haraganes que aspiran a puesto fijo en los programas rosas de la tele y a esa vida fashion que tan pingües beneficios procura. En el mejor de los casos el descorazonado lector debe lidiar con los infumables "Códigos da Vinci" y sus innumerables secuelas, o con la fast novela -novela rápida- de un escritor de moda que barniza de qualité la inanidad, la vacuidad más grande. ¿Y de la literatura qué, dónde? Lo más gracioso es que unos y otros aspiran a la eternidad que otorga un renglón y medio de enciclopedia.
Hace unos años escribía uno que para acabar con esta feria de las banalidades -y de las vanidades- debería promulgarse una ley que prohibiera firmar los libros; de este modo, siendo todos anónimos, no se publicarían ni se leerían por causa de un nombre mediático, sino por sus calidades y cualidades intrínsecas. De utopía también se muere. ¿Te imaginas, lector, la cantidad de árboles que salvaríamos del infame destino de ser soporte de los regüeldos, digo escritos de Coto Matamoros? Pero los sueños sueños son porque, como bien dice el conocido editor Constantino Bértolo, lo más importante para vender libros en España es saber escribir mal, una habilidad menos frecuente de lo que muchos creen y que requiere de especial talento y vocación. Pues nada, aplicarse y al lío.

 

El Día de Cuenca
29 de septiembre de 2004.