Paco Mora. LA CAMPAÑA

La campaña

 

Qué alivio. Solo quedan tres días. De campaña, digo. Porque una campaña electoral viene a ser ese tiempo, entre plúmbeo y muerto, en el que nuestros políticos agarran carretera y manta y se lanzan a una carrera frenética de actos –antes, mítines- en los que chillan mucho, frente a un auditorio de adláteres convencidos que agitan banderitas, para decir lo mismo de siempre –o menos- pero más enfáticamente. O sea, que una campaña no sirve para nada, entre otras cosas porque los políticos han bajado tanto el listón que viven en campaña permanente, los 365 días del año –los bisiestos, para disimular, descansan ese día añadido- en vez de gestionar la gran empresa común, que es para lo que los votamos. Se me dirá que ya salió el pesimista –o el negativo- que anida en la celda del seso donde guardo mis “tonos grises”. Pero no es así; porque uno, a pesar de los pesares, todavía cree en el hombre, todavía cree –como apuntaban la pasada semana mis cómplices de columna del jueves- que si el hombre es capaz de lo más abyecto, también lo es de lo sublime. El único problema es lograr que, entre nuestro Jekyll y nuestro Hyde, sea el primero el que destierre al segundo. Por eso, y porque no creo, como tantos reaccionarios antidemócratas, que la política sea el arte de hacer imposible lo posible, les propongo que voten el día 22 a nuestros políticos. Eso sí, con sensatez, sin dejarse arrastrar por el ruido, no vaya a ser que por un instante –el que se tarda en depositar el voto- vayamos a lamentarnos cuatro años de haber colocado a un inútil de mandamás. Que digo yo que si las personas decentes se visten por los pies, es hora ya, en justo equilibrio, de aprender a calzarse por la cabeza.

 

El Día de Cuenca
18 de mayo de 2011.