Paco Mora. LA MÁQUINA DE ESCRIBIR

La máquina de escribir

 

Las palabras tienen su propia vida. A veces varias, como los gatos. Crees conocer una palabra y de pronto alguien le lava la cara –o se la ensucia- y cambia su significado, o su sentido. Otras veces las palabras se nos mueren sin remedio, porque ya no nos sirven y, en vez de guardarlas en un sitio cómodo y soleado, en pago a lo mucho que nos dieron, las arrumbamos en el desván de los trastos viejos, donde no criarán ya sino polvo y olvido. Muchos jóvenes no habrán oído nunca palabras, por ejemplo, como candil o celemín, que fueron de uso frecuente hasta no hace tanto, porque nombran cosas que ya no existen. Una pena. Con la pérdida de palabras como esas, se pierde también un signo de belleza, el que las propias palabras encierran en sí mismas: su ritmo, su música.

Hace unos días cerró la última empresa que fabricaba máquinas de escribir en todo el mundo. El ordenador le ha dado la puntilla a aquellos apechusques que tantas páginas gloriosas escribieron en nuestras ciencias y nuestras letras. Los niños de hoy no sabrán mañana de ese aparato que revolucionó la escritura. Ya no habrá mecanógrafas que den 350 pulsaciones por minuto, ni escritores, como Francisco Umbral, incapaces de hilar sus prosas si no era al ritmo del repiquetear de las teclas. Nadie fabricará las cintas de nylon impregnadas de tinta necesarias para fijar los caracteres en el papel. Y sin cinta, las máquinas no sirven de nada porque solo escriben páginas en blanco. No estaría mal que el artilugio sin cinta fuera de uso obligatorio para redactar los discursos y mítines de los políticos. Cuánto tostón y cuántas promesas vacías o incumplidas nos ahorraríamos.

 

El Día de Cuenca
22 de junio de 2011.