Paco Mora. BUEN PROVECHO

Buen provecho

 

En un capítulo de la novela “El príncipe destronado”, de Miguel Delibes, el niño protagonista hace creer a sus padres que se ha tragado un clavo, por llamar su atención que siente perdida con el nacimiento de un hermano. Uno, de pequeño, también vivió su particular episodio del clavo, pero en forma de peseta, que yo me tragué de verdad aunque, según mi madre, pareciera imposible que hubiese entrado por un galillo tan estrecho. Por prescripción facultativa, mi santa madre anduvo varios días removiendo mis heces con un palito cada vez que iba yo a evacuar al corral, hasta que cagué la moneda. No me acuerdo qué fue de la peseta, si me la darían para comprar un cucurucho de pipas o me la harían tragar otra vez, por el susto y los malos ratos. Con el tiempo, he llegado a pensar que el accidente fue mucho más peligroso que el del libro de Delibes, porque aquellas pesetas con el perfil de Franco en el anverso y el aguilucho en el reverso, debían ser para las tripas armas casi letales. El otro día daban la noticia de un funcionario ruso que, para eliminar las pruebas de un soborno, se había zampado 35.000 rublos. Al ser el banquete en billetes, imagino que no hubo palito que valiera. Aunque bien mirado, no sería mala idea que, en vez de cárcel, para los políticos, financieros, inmobiliarios, etcétera que distraen millones a porrillo, se aplicara la pena de comerse el dinero estafado. Del atracón, y a la voz de ¡buen provecho!, quizá reventarían. Claro que el que manga tanto ni reventones ni cárceles, porque como dijo el caco viejo: si alguna vez roba usted, robe lo suficiente para demostrar que es inocente.

 

El Día de Cuenca
29 de junio de 2011.