Paco Mora. SOL, MAR Y CRISIS

Sol, mar y crisis

 

Jamás creí que escribiría lo que me dispongo a escribir, pero, tal y como está el patio, no me queda otra, con perdón. Y es que, reivindico el verano clásico español. Sí, ese del macarrón playero y la tía mollar, el de las “canillas caniculares”, el del tueste bajo un sol homicida, el de la paella retestinada y guiri en el chiringuito, el del agua como el caldo en la piscina comunal donde no cabe un alfiler, el de la tele boba (aún más) con señores tipo Jesús Gil (q.e.p.d.) diciendo tontunas rodeado de gachís siliconadas en bikini, el de los chinchimpunes en la radio con las letras enjundiosas que la estación requiere, como la que hacía referencia al movimiento sexy de una bomba. El verano aquel, en fin, que arde en fiestas populares en cada pueblo, con sus verbenas, sus toritos bravos y sus espectáculos de varietés clásicos estilo “Manolita Chen”. ¿Que por qué este cambio de actitud mía? Porque no hay derecho, hombre. Porque ya ni veraneo ni nada; que esto parece una prolongación del invierno. Que miras el periódico o el telediario y, así como antes se llenaban, a falta de noticias, con las típicas serpientes estivales, ahora dale erre que erre a acojonarnos con la crisis, con los tipos de interés, con la puñetera prima de riesgo, como si estuviéramos en un tris de irnos todos al garete. Y por ahí no. Respeten un poco las merecidas vacaciones de los españolitos que nos torramos en esta playa petada hasta la bola, donde incluso la zarzuela de marisco que se jalan los de la mesa de al lado –que no se la salta un galgo- anda como amargaíta y cariacontecida. Por favor, ya está bien, ¿no?

 

El Día de Cuenca
20 de julio de 2011.