Paco Mora. MAÑANA DE SAN JULIÁN

Mañana de San Julián

 

Mañana de fiesta en la pequeña ciudad levítica. Al miércoles le sienta bien este aire endomingado, este traje a medida que se va vistiendo lentamente, sin ninguna prisa. Las calles, con hilachas de sueño aterido salpicando las aceras, permanecen aún semidesiertas; solo algún madrugador impenitente, las manos en los bolsillos, las solapas del abrigo alzadas y tal vez un pitillo humeante entre los labios, se atreve a rasgar la niebla con el paso decidido del que camina hacia ninguna parte. A la pequeña ciudad le amanecen fondones pero hermosísimos estos días de fiesta con frío entre semana. Del hueso de los árboles la escarcha levanta pequeñas veladuras de hielo, tendidas las ramas al sol eclipsado del invierno como una intrincada red de brazos oferentes. Ven, lector amigo, acércate, escucha un instante a tu corazón y luego mira las ardillas del parque cercano, verás que sus latidos y los tuyos se acompasan a un mismo ritmo sosegado, levísimo, como si las ardillas y tú fuerais los únicos habitantes de la ciudad. Mira después un poco más allá, hacia el río, escúchate navegando el tranquilo rumor del agua, cierra los ojos y déjate llevar, quizá entonces surja el milagro. Si no, no te preocupes, sigue caminando, empápate de ti a cada paso, tienes tiempo, tiempo a manos llenas para gastar y gastarte antes de que la rutina de mañana vuelva a sumirte en el otro, en el que va a tu lado y cada día ficha contigo en la oficina, se sienta a tu mesa, maneja tus papeles y tras largas horas de monotonía te mira a los ojos –cada vez más apagados- y mueve la cabeza a derecha e izquierda: un ligero reproche que prefieres obviar.

Así que cálzate una buenas botas y no lo pienses más: el sol, pálido de nubes, comienza a madurar bajo la bóveda del cielo. Y si te alcanza el ánimo, llégate hasta la ermita del Santo. Si sabes mirar verás que en un determinado momento el Santo deja de trenzar los mimbres de su cesta, se acerca a hurtadillas al corro de los que preparan las gachas y mete un dedo en la sartén. Los paisanos, ajenos a esta cata, seguirán a lo suyo. No te importe, tú hazte el longuis, sonríe, continúa tu camino y no le cuentes a nadie lo que has visto.

 

El Día de Cuenca
28 de enero de 2004.