Paco Mora. JUBILACIONES

Jubilaciones

 

El desmayo de Manuel Fraga la pasada semana, en pleno discurso del debate sobre el estado de la Región, ha vuelto a poner de actualidad la vieja polémica sobre la necesidad (o no) de que los políticos se jubilen, como cualquier otro currito por cuenta ajena, llegada la edad provecta. Y la verdad es que viendo bambolearse tan costosamente la enorme humanidad de don Manuel de acá para allá, el primer sentimiento que a uno le embarga es de pena, de sufrimiento por el pesar ajeno, y piensa que mejor estaría su presidencial figura retirado en sus cuarteles de invierno, al resguardo del pertinaz orvallo de las tierras gallegas, aunque solo fuera por evitarle al ciudadano sensible el trago de asistir al lamentable espectáculo del deterioro y la consunción. Claro que la conciencia de los propios límites es material gomoso, de manera que cada cual la estira a conveniencia según y cómo. Quizá solo los grandes caballeros de la escena son dueños del arte de saber retirarse a tiempo por el foro, en el momento cumbre de la función.
La cuestión, sin embargo, tiene un remedio la mar de sencillo. Desde un convencimiento democrático profundo se convendrá conmigo que si nuestra Constitución ha alcanzado ya, afortunadamente, la mayoría de edad, en manos de los políticos está ahondar en sus postulados, en lo que a libertades se refiere. Sostengo desde hace mucho que quizá ya es hora de que en nuestro sistema se acometan dos reformas fundamentales: listas abiertas en la elección de todos nuestros representantes y limitación en el tiempo de mandato de los susodichos. Si, como en Estados Unidos, un presidente no dispusiese más que de ocho años para desarrollar el programa que lo llevó a la elección, el señor Fraga sufriría sus lipotimias en el cuarto de estar de su casa, al orillo del brasero y de sus seres queridos. La verdadera democracia necesita para alimentarse la continua renovación de sus cargos, savia nueva. Lo otro es caer en la inercia, la desidia, cuando no directamente en la inanidad o en las pequeñas trifulcas/dictaduras de partido que nos traen y nos llevan a su antojo. Si en ocho años el mandamás de turno no es capaz de bachear la carretera que une Villarrubio con Uclés, tal vez convendría sustituir al mandamás. O quitar la carretera.
Otra cosa es que los ciudadanos sepamos jubilar anticipadamente con nuestro voto a los políticos que nos representan mal. Por ejemplo, los americanos tienen ahora una ocasión pintiparada para enviar a su rancho a descansar al señor Bush. Desde luego no sabemos cómo será Kerry de presidente, pero sí sabemos quién es Bush y que durante su mandato el mundo no ha sido mejor. Ojalá cambie eso. Por lo que nos va. Ya saben aquello de que si una mariposa bate las alas en Washington, en Madrid al oso se le despepita el madroño.

 

El Día de Cuenca
13 de octubre de 2004.