Paco Mora. HAMBRUNA

Hambruna

 

Y sigue sin caérsenos la cara de vergüenza. Nos levantamos cada mañana, vamos al baño y dejamos que nos afeite ese sujeto que nos observa, con telarañas en los ojos, desde el otro lado del espejo. Como si tal cosa. A veces, incluso miramos complacidos el cristal, y así vamos arrastrando por la jornada nuestra pizca de vanidad y arrogancia, nuestra brizna de mezquindad... todo eso, en fin, que podemos permitirnos como elegidos niños bien del mundo bien, de esta parte satisfecha de la Tierra que quiere creer –aunque uno no pueda engañarse a sí mismo- que el planeta empieza y acaba en el propio ombligo. Otros no pueden permitirse esas frivolidades, bastante tienen con malvivir para malmorir a diario. Y lo digo, sí, desde el centro de esta crisis que nos aflige, a sabiendas de que aquí hay pobres muy pobres (cada día más, en proporción directa al número de ricos que, sacando tajada del mal ajeno, acumulan riquezas sin cuento) y demasiada gente que empieza a pasarlas canutas. La conciencia, si la tuviéramos, nos aplastaría bajo su peso (¿o no, mis queridos políticos y financieros?), porque los datos son escalofriantes: 1.400 millones de personas viven en la pobreza extrema, es decir, no disponen de agua potable y comen aguachirle de pascuas a ramos. Casi mil millones (1 de cada 6 habitantes del planeta) están hambrientos, o sea, no comen: mueren desnutridos mientras nuestro occidente en recesión tira cada día toneladas de alimentos a la basura, y aliviamos con migajas de caridad, qué vergüenza, lo que clama a gritos justicia social. El problema del hambre es que no se pega. Si se pegase, otro gallo nos cantara.

 

El Día de Cuenca
19 de octubre de 2011