Paco Mora. COLUMNISTAS

Columnistas

 

Cómo ha cambiado el oficio. Esta interminable crisis que todo lo enfanga. Hasta las neuronas y los lapiceros. Hoy, a los columnistas, más que columnas nos salen textos de cuerpo presente. O autopsias. Antes, buscabas la sección de Fulano y sabías lo que ibas a encontrar: una prosa pulida, rítmica, envolvente, llena de gracia, que hacía que sus palabras –así dijera la tontuna más grande- te supieran a gloria bendita. Leías a Mengano y encontrabas literatura a mansalva, de la mejor que, como decía aquél, es la que se escribe en los periódicos, esa flor de un día, esa hoja volandera, ese canto fugaz y minutísimo, con ton y con son, a la efímera hermosura de la vida. Te enfrascabas en los renglones de Zutano, en fin, y la fiesta de las letras se abría en plenitud ante tus ojos, como si del mundo viejo surgiera una mirada nueva. Ya no. Ya casi no encontramos columnas –entonemos el mea culpa- que no se mueran de crisis, cagaleras y politiquerías. Y así, vamos del barbicano Rubalcaba al índice nikkei, de la prima de riesgo al barbirrucio Rajoy. O sea, de la antiliteratura al hueco, del agujero negro al antipoema. Una lástima. Porque si somos palabras, palabras con sentido, verdaderas, sin ellas estamos condenados a ser la falsa moneda. El envés de una trama que nos escriben otros. Y con muy mala baba. Si, para más inri, nos encontramos en plena campaña electoral y a pocos días de unas elecciones generales (ser gobernados en mayoría absoluta no implica serlo –roguemos- absolutamente) para el columnista pintan bastos. Aunque quien en realidad es muestra y se lleva las diez de monte, siempre es la sota de espadas.

 

El Día de Cuenca
09 de noviembre de 2011