Paco Mora. EL ORINAL

El orinal

 

Miedo me dan. Cuando los que cortan el bacalao (léase Merkozy y los que, ocultos detrás, mueven los hilos de este gran teatro de marionetas) hablan mucho de una cosa, malo, algo acaba hecho trizas. Hay otras crisis tras la crisis de don dinero. Y acaso peores, porque afectan a lo que somos, a nuestro ser más íntimo. Dice ahora farisaicamente Europa que lo de España no puede ser, que tenemos demasiadas fiestas, nuestros horarios son un despiporre y eso de tomarse un mes de vacaciones cuando aprieta la calor es un escándalo. Que tenemos unas costumbres muy perniciosas, vaya, y por eso esta crisis –que se ve que no han provocado ni especuladores ni usureros- se ceba en nuestras carnes. ¡Chúpate esa! Después de meternos la mano en el bolsillo pretenden pasarnos por agua los güevos hasta que se nos ponga esa cara de estreñidos que se gastan algunos. El cinismo no para en barras. Porque resulta curioso que hasta hace nada España, sin renunciar a una sola de sus costumbres, era el gran milagro económico que jaleaba todo el mundo, y los turistas que nos visitan siguen poniéndose hasta las trancas de paella, cerveza y olés ¡a las doce de la noche! Y tan contentos. Pues no, dicen que toca ponerse el uniforme prusiano. No sé a ustedes, pero a mí no me gustan nada los uniformes. Sé que el día que renunciemos al simbólico orinal de esa siesta tan española, de la que hablaba Cela, de pijama y orinal, seremos fiambres, habremos dejado de ser para simplemente estar. Por eso, llegado el caso, yo propondría que nos echemos todos a la calle con un orinal en la mano coreando, por ejemplo: ¡me niego a la tristeza! o ¡yo no quiero ser alemán! O así.

 

El Día de Cuenca
14 de diciembre de 2011