Paco Mora. ENERO A CUESTAS

Enero a cuestas

 

En realidad, el cambio de año es, simplemente, un cambio de almanaque. En casa hemos pasado del rectangular y con mucho colorín de una conocida entidad bancaria (2011), al más austero y cuadrado de una empresa de impresión madrileña (2012), más acorde con la grisura de los tiempos que corren, dónde va a parar. Por lo demás, sin novedades. Uno oye la radio, se asoma a la tele u ojea las páginas del periódico y comprueba sin asombro que todo sigue igual, monótonamente igual: el planeta, herido por sus cuatro puntos cardinales, se nos va al garete mientras nosotros, tristes observadores observados, desde el andén miramos pasar los trenes vacíos de pasajeros, a veces incluso sin locomotora ni maquinista, camino de ninguna parte. Y en la calle, más de lo mismo: el colegio vuelve por sus fueros, rebosante de algarabías escolares tras el parón vacacional y la señora Virtudes, como todos los martes desde hace varios siglos, arrastra su melancolía y sus fatigas camino de la plaza del mercado.

Pero quizá sí, quizá algo ha cambiado imperceptiblemente. Tras el despiporre navideño, nochevejero y magoriental, nadie habla de un clásico, junto con las rebajas, de estas fechas: la cuesta de enero. Ay, esta puñetera crisis que hasta los clásicos nos está robando. Un enero sin cuesta es como unas gachas sin su tocino o una playa de Benidorm en agosto sin su macarrón de playa y su tía mollar. Lo tengo ya muy escrito por ahí: esta crisis eterna nos está birlando algo más que la cartera. Claro que, bien mirado, del primero al último del año ya no hay mes que el personal no lleve a remolque y a cuestas. O al hombro, que no sé qué es peor.

 

El Día de Cuenca
11 de enero de 2012