Paco Mora. PREMIOS Y LITERATURA

Premios y literatura

 

Qué tendrán los premios literarios que, en muchas ocasiones, allá donde se concede alguno se monta un guirigay de aquí te espero. Y a uno, que a veces ha sido juez y otras parte en tan resbaladizos eventos, se le ocurren varias respuestas. La más socorrida, aunque no por ello la menos cierta, es sospechar que los premios, en un buen número, están dados de antemano. Viendo el lodazal de mercachifles en que se han convertido algunos galardones de relumbrón se constata que bastante de eso hay en la casa mal oreada de la literatura. Pero no nos centremos en la anécdota, de sobra conocida por todos, porque lo preocupante del asunto radica en esos otros cientos de premios, no multimillonarios pero también jugosos, en los que el juego viene marcado por las cartas de la endogamia o de la lucha cainita. Con demasiada frecuencia a Fulano se le concede un premio en el que Mengano formaba parte del jurado y, a los pocos meses, es a Mengano a quien se le otorga un galardón en el que, oh casualidades, es miembro del jurado Fulano. Y al revés, el afán cainita de los devotos de las distintas corrientes (sectas) literarias que pululan por estos pagos, a veces lleva a determinados jurados a premiar un bodrio con tal de retirar de la circulación un presunto buen libro de la facción contraria. En fin. Es justo admitir de inmediato que hay premios -quizá son los menos- ajenos a estos tejemanejes. Debo decir que cuando personalmente me ha tocado lidiar en algunas plazas no he visto mucho de esto. Claro que uno rara vez ha tenido ocasión de marcarse una media verónica en una plaza que no fuera de segunda o de tercera, y como es sabido en estos cosos la gloria alcanzable es relativa, por tanto las puñaladas traperas no traen a cuenta.
Hace unos días se fallaba, con mucho ruido, el Premio Nacional de Narrativa (2003), concedido a Juan Manuel de Prada en dura pugna, según parece, con Bernardo Atxaga. Sin entrar en valoraciones de sus obras, es el caso que con este galardón, tan polémico casi siempre, cabría hacerse al menos dos preguntas. ¿Es necesario un premio oficial concedido por el ministerio del ramo? y en cualquier caso, ¿se premia la mejor obra del año? Es más que dudoso, en primer lugar porque con la cantidad de libros publicados anualmente en España, en sus distintas lenguas oficiales, no hay jurado humano que pueda leer tanto, y menos en todas las lenguas, así pues ¿cómo asegurar que se distingue lo más excelso conociendo solo una parte? Obsérvese que los libros galardonados están publicados, casi siempre, en grandes editoriales, luego podemos inferir que las más modestas solo publican libros menores. Cualquier buen lector sabe que la realidad es bien otra. Como sabe que un premio para un libro es puro accidente, que lo importante es la verdad de la propia obra escrita, ajena desde luego a su anécdota e, incluso, a su circunstancia. Pues eso, pese a nacionales, planetas o nobeles, pasen, prémiense y lean.

 

El Día de Cuenca
27 de octubre de 2004.